Expulsada: La calle de las mujeres fantásticas

 

Busco encontrar un ápice de mi extraviada conciencia en este decirles de donde vengo y estuve, Señores del Jurado.

 

Al norte colindo con una mujer de lengua voraz y casa de piedra, de manos resecas por tantas veces ha taladrado la vida de otros, de prosaicos pasos cubiertos de rosarios de oraciones mal fundadas. Vino de tierras lejanas. Lleva y trae por  nombre Alaska Sarpiento. Madre de dos, viuda de uno, amante del que vocifera en su puerta.

Al sur he levantado paredes, unas más altas que otras: allí pernocta a diario la regente de una casa multidisciplinaria: alquila paredes a cambio de entregar sus cuerpos sudados, no cambia los colores del techo sólo deja este se cubra con el paso del tiempo. Ella proviene de una casa de montaña, de padres aldeanos, simples y vestidos con el trajín de su frente. Esta mujer lleva por nombre Amity Villa. Madre de una, mujer de varios y en busca del próximo.

Al este he plantado árboles frutales, dulces, amargos, cítricos: allí habita una mujer despojada de su mayor género, recibe a pequeños dolientes y los devuelve con las manos llenas de paciencia. Ella se retoca la cara, quiere borrar las huellas de las infamias masculinas. Originaria del trópico, el cáncer le marcó el pecho. Parió dos, está sola y sale a buscar el sustento a diario, vuelve cansada y con la lengua voraz de Alaska calma su calor. Le dieron por nombre Pilarica Solar.

Al oeste he convivido por mucho tiempo, tal vez demasiado, con esta fémina nombrada Aithaura Paggiani: ella sobrevuela mi cabeza de tarde en noche, cae en forma de silente deslave en mi frente, toca a mi puerta sin un por qué ni mañana. No tuvo hijos, los tuvo a todos, hoy vacías sus manos están sólo acaricia las calientes arenas del tiempo. Toca dulces melodías en tiempos de flautas arcaicas, rebana el pan de ayer para mañana.

En el centro podría estar yo mas aún no me encuentro: he hurgado en mi piel para descubrir en cual capa nazco. Echo sangre por alguna de ellas, en otras palpo un vértigo en pos del frío invierno en mi ventana, una de las más recientes brilla cada tres cuartos abiertos. Más aún no me encuentro y por ello mi nombre lo revelo antes de  caer la última nota de este encuentro.

Tengan ustedes a bien el unir sus mentes a la mía y guardarme un instante de su inocente paciencia, señores míos y del jurado presente.

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